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10 bocetos para una escultura 10

Estos son los sucesivos bocetos dibujados por Leiro hasta dar con la figura definitiva del “home-peixe”.

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ANXO MARTÍNEZ

LA INSPIRACIÓN ES EL TRABAJO

Decía Picasso que la inspiración existe, pero que él siempre la esperaba trabajando. Algo similar podría atribuírsele a Francisco Leiro Lois (Cambados, 1957) que a pesar de llevar casi tres décadas en la cumbre del arte contemporáneo no ha relajado su espartana disciplina de trabajo. Es de los que se levanta temprano, y de los que antes de ponerse a desbastar un tronco de madera o una piedra ya tiene bastante claro lo que quiere. Antes de trabajar con el cincel, ha leído mucho, ha pensado y ha dibujado docenas de bocetos.

Poco amigo de entrevistas, no le gustan ni los focos ni los “saraos”, aunque de tanto en tanto se deje engatusar por algún periodista, político o comisario de exposiciones. Pero no lo hace porque quiera palmaditas en la espalda, sino porque ha aceptado esos compromisos, quizás a regañadientes, como un gaje del oficio.

Pese a ese relativo hermetismo, posee una ironía afilada como una navaja. Tampoco vive en el interior de una burbuja, ajeno al resto del universo. De hecho, tiene obra de marcado carácter sociopolítico, pues ha tratado desde el desastre del “Prestige” o la guerra de la antigua Yugoslavia, hasta la plaga de los incendios, y actualmente trabaja en una sobrecogedora pieza sobre la tragedia de Siria.

Su vida transcurre entre los vértices de un triángulo formado por Nueva York, Madrid y Cambados. Es en la villa arousana donde nació, en el seno de una familia con inquietudes artísticas. Él supo desde muy joven que quería dedicarse al arte, aunque al principio le tiraba más la pintura. Fue a los 14 o 15 años cuando se decantó por la escultura, porque le interesaba más “la materia”.

En Cambados tiene taller. Quien acceda a él descubrirá un lugar poblado por gigantes, seres mitológicos e individuos de piedra que reposan en su jardín como recostados en un diván, a la sombra de los frutales. Esa finca de Cambados es para él un refugio, un lugar al que tiene que regresar sí o sí cada cierto tiempo, para cargar las pilas y reencontrarse con su gente y con su esencia.