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Nacimiento de el sireno de Vigo

Así nació el sireno

Francisco Leiro partió de cero y presentó una idea radicalmente distinta a la encomendada: un Home-Peixe que “vuela” sobre Vigo

El inicio de el Sireno de Vigo

A los 33 años Francisco Leiro ya era un escultor de talla internacional. Había expuesto en Sidney, París, Roma, Munich, Sao Paulo… y acababa de firmar un contrato de exclusividad con la Marlborough, una de las galerías de arte más importantes del mundo. Es en ese momento de su carrera cuando se cruzó en su vida el Sireno.

Manoel Soto, alcalde de Vigo de 1979 a 1991, quería sembrar la ciudad de grandes esculturas públicas. La plazas de España y de América, la Gran Vía y la Porta do Sol eran modernos espacios urbanos rodeados de edificios imponentes, pero el regidor consideró que les faltaba algo: un icono, un alma. Y mandó llamar a cuatro de los mejores escultores gallegos del momento. A Francisco Leiro quería encargarle el proyecto de la Puerta do Sol.

Durante la madrugada del 7 de noviembre de 1991 el escultor natural de Cambados y el personal de la fundición madrileña Capa colocaban las cuatro toneladas de peso del Sireno sobre dos columnas de granito negro de 12 metros de altura. No había allí ningún político para sacar pecho por el acontecimiento.

No se convocó a la prensa. La ciudad estaba dividida entre aquellos que apreciaban la modernidad del estilo de Leiro y su guiño a la historia de Vigo, siempre tan ligada al mar, y aquellos otros que la calificaban de “engendro” o “adefesio”.

25 años después, el Sireno no solo es aceptada como una genial obra de arte, sino que es considerado como uno de los símbolos de Vigo, de un Vigo de rabiosa modernidad que no olvida sus raíces. Pero el “hombre-pez” tuvo un parto difícil. En realidad, ni siquiera iba a estar en la Puerta del Sol. Para ese lugar, Soto soñaba con una gran fuente.

Proceso creativo en el taller de Cambados (1990-91)

Proceso creativo en el taller de Cambados (1990-91)

Las fotos incluidas en estas páginas, tomadas entre 1990 y 1991, muestran parte del trabajo que en su taller de Cambados efectuaron Francisco Leiro y sus ayudantes. En la imagen superior izquierda puede observarse un Sireno de cartón que todavía conserva el escultor y, a la izquierda, el modelo de color blanco en poliespan.

El proyecto de Bar Bóo

Cuando Francisco Leiro entró en el Ayuntamiento de Vigo le recibieron Manoel Soto y su concejal de Urbanismo, Francisco Santomé. Sobre la mesa extendieron el plano de la Puerta del Sol y pintado en él había una gran fuente de 12 metros de diámetro y tres isletas adyacentes. Le pidieron a Leiro una escultura metálica para la fuente y tres más pequeñas, de granito, para las isletas. El cambadés se llevó los papeles a casa, y tras pensarlo mucho, consideró que aquello no cuadraba.

“Un conjunto escultórico de esas dimensiones no me parecía lo más indicado, porque el espacio era muy estrecho”, afirma Leiro. Por ello, consideró que “lo mejor para ahí sería una escultura que no ocupase espacio abajo, sino que se elevase”, y le vino a la cabeza el león alado de la plaza de San Marcos, en Venecia.

Y empezó a dibujar, a veces en el reverso de cartones de tabaco negro. Los primeros bocetos remitían, en efecto, al león veneciano, pero la imagen fue evolucionando. Incluso pasó por un dragón (como homenaje a la “coca” de Redondela) y al cabo de un tiempo, tras más de una decena de diseños, Francisco Leiro llegó al “hombre-pez”.

Leiro reconoce que no fue un trago fácil presentarse en el despacho del alcalde para decirle que el proyecto de Bar Bóo no era viable (“era un arquitecto de mucho prestigio y al que yo conocía”) y exponerle su idea alternativa. Pero pese a su juventud, lo tenía muy claro. Y Soto lo comprendió.

Maqueta de el Sireno de Vigo realizada por Francisco Leiro

“La historia de Vigo está ligada al mar. La ciudad empieza a despegar con la instalación de las fábricas de la salazón de los catalanes en O Areal y los transatlánticos en los que se marchaban los emigrantes. Hasta la Citroën se instaló en Vigo porque había una línea marítima con América. Y todo esto sin olvidarnos de Martín Códax y de sus cantigas”.

- Francisco Leiro

El brillo de las escamas

Francisco Leiro no dejó nada al azar. Estudió al detalle las proporciones y la altura de los edificios colindantes para que, a pesar de ser más bajo, quienes observasen el Sireno solo viesen sobre él el cielo.

Las columnas sobre las que se asienta tienen un lado curvo, inspiradas en los volúmenes redondeados del modernista “Plancha Madariaga”, lo cual también les confiere una sensación de movimiento, como si el Sireno estuviese caminando.

El “tritón” está hecho en acero, un material que combina a la perfección con el color negro de los pies, y que refulge con el sol, “como los cajones cargados de sardinas que veía cuando era joven e iba por el Berbés”. Sus grandes aletas, llenas de escamas, parecen más bien alas y se apoyan sobre el capitel, con lo que “da la sensación de que está volando o nadando”.

Tampoco es casual la orientación de la pieza, hacia Carral y, detrás, el mar donde se encuentra su hogar; ni lo es su sobrecogedora expresión en la que se entremezclan sorpresa y tristeza. “Tiene una mirada melancólica porque echa de menos el mar, quiere ir hacia él”.

Francisco Leiro trabajando en la escultura de el Sireno de Vigo

Desde abajo no se aprecian sus dimensiones reales, pero las columnas sobre las que se posa miden 12 metros de alto y la figura mide 7 metros de largo

En la fundición tuvieron que trocear la réplica hecha en “poliespán” para después soldar las piezas de acero

Más dificultades

Visto desde abajo, el Sireno no hace justicia a sus dimensiones reales. La escultura, hecha en acero inoxidable pulido, mide siete metros desde la cabeza hasta los pies, y se apoya en dos columnas de 12 metros de altura. Leiro tuvo que sortear más de una dificultad a la hora de trabajar con una pieza de semejante envergadura.

Justo bajo el lugar donde quería situar su escultura se encontraba uno de los muros de hormigón del aparcamiento subterráneo, por lo que los técnicos conminaron al artista a cambiar unos metros la ubicación de su pieza. Pero él insistió, y finalmente realizar una cimentación especial para la escultura, medianta unos pilotes paralelos al muro del aparcamiento.

En la fundición de Madrid tuvieron que trocear la réplica hecha en “poliespán” para después soldar las piezas de acero, y antes tuvieron que realizar parte del trabajo en Zaragoza.

Leiro recuerda, 25 años después, que el proceso de fundición no fue fácil. Tanto es así que la entrega del Sireno se retrasó unos cuatro meses, para desesperación de Manoel Soto, que quería presumir de ella antes de las elecciones municipales de ese año. Pero ya no pudo ser.

Tampoco le fue fácil a los dirigentes municipales explican a los ciudadanos, muchos de ellos recelosos, lo que se iba a hacer en la Porta do Sol. Se dice, de hecho, que Leiro iba a llamar su pieza como “Home-Peixe”, hasta que en una conferencia de prensa en la que el concejal de Urbanismo, Francisco Santomé, pretendía explicar el proyecto, terminó contestando, desbordado por la insistencia de los periodistas por saber qué estaba tramando Leiro, que era un “sireno”. Sin saberlo ni quererlo, Santomé acababa de bautizar la escultura. Aunque eso no bastase para calmar la controversia.

Traslado del Sireno a su ubicación final en Vigo

De “adefesio” a símbolo

La escultura de Francisco Leiro fue controvertida desde el primer momento.

El artista cambadés recuerda con cariño una viñeta de Quesada, publicada en FARO DE VIGO a principios de noviembre de 1991, en la que una madre amenazaba a su niño con que si no se comía “vendría a llevarlo el Sireno”. También evoca la ingente cantidad de faxes que recibió en su casa de Nueva York, y que durante un tiempo ni siquiera le dejaban dormir bien, “porque la gente no se daba cuenta de la diferencia horaria y a mí me llegaban en plena madrugada”. En concreto, recuerda uno en el que se decía que su escultura había dividido Vigo en dos bandos: el de los que consideraban que era un “adefesio” y el de los que opinaban que era “un horror”.

Unas críticas que, sin embargo, no le hicieron mella alguna porque, según él, estaba muy convencido de que lo había hecho era bueno. “Después de tantos meses de trabajo estaba tan seguro de mi trabajo que las críticas negativas no me afectaban. Las críticas te afectan cuando tú tienes dudas. El Sireno no se me ocurrió una tarde tomando un vino. Fue un proceso largo, de mucha reflexión y trabajo”.

Pero todo ha cambiado un cuarto de siglo después de aquella madrugada en la que Leiro y los operarios de la fundición posaron sobre la onda-capitel al Sireno, “con nocturnidad y alevosía”, como reconoce con humor el creador. Hoy en día se trata de una pieza valorada como una de las cumbres de la plástica contemporánea gallega, es un punto de referencia y encuentro para vecinos y visitantes, y ha sido elevada a la categoría de símbolo de la mayor ciudad de Galicia. Un tránsito que, sin embargo, Leiro despoja de todo misticismo. “La explicación es muy primaria. La escultura se mimetizó con el lugar, la gente se acostumbró a ella. A la gente de más edad puede seguir gustándole o no, pero para los que crecieron con ella es un símbolo de su vida. Es lo que veían al salir a la calle y dar un paseo”.

Y ahí seguirá por mucho tiempo el Sireno, a no ser que un día logre arrancar las columnas del asfalto y empiece a caminar hacia el mar, como según su padre tanto desea.