Aromas de vendimia

“¡A oír el río, a ver cómo se acuna el viento en las ramas, a ver qué dioses se escondieron en las uvas el año pasado”

El tiempo de vendimia marca el fin del verano, cuando ya se entrevé el otoño, cuyos inicios parecían a Valle-Inclán más primaverales que la primavera misma, todavía más plácidos y dulces. Una época en la que “en su plenitud reposa al fin el día otoñal”, según la evocación de Hölderlin (excelentemente traducido por Helena Cortés) por lo que era esperada con verdadera ansia, ya que traía consigo la llegada del otro pan –como señalaba Otero Pedrayo– que por tal se tenían los racimos que se recogían por San Miguel, una fecha que generalmente parecía que tardaba en llegar, y al cabo duraba bien poco, como casi todo en la vida, según recuerda una cantiga popular: “San Migueliño de las uvas maduras, / mucho me tardas, / poco me duras”.

Una buena magnífica época para gozar de la exultante belleza del paisaje policromado de los viñedos, y leer tal vez una obra literaria referida a esta estación, del escritor de Vilanova, la Sonata de otoño, pongo por caso; o bien alguna pieza, asimismo atinente al tema, del citado polígrafo orensano: Entre a vendima e a castañeira (serie de relatos de 1957), o quizá esta otra: A lagarada (pieza teatral publicada en 1928).

Es este un buen momento para recrearse en alguna de las fiestas de la vendimia. Entre las que proliferan por todo el país tiene fama la de Leiro, villa del Ribeiro a la que acudió en una ocasión Cunqueiro, “¡A oír el río, a ver cómo se acuna el viento en las ramas, a ver qué dioses se escondieron en las uvas el año pasado”.

La cultura del vino de antaño rezuma aromas de vendimia. Las casas se impregnaban entonces del exultante aroma de las uvas fermentadas. En el aire del zaguán de la casa de Octavia, por obra / en gracia de la púrpura y oro de las vides, “erraba un aroma de vendimias y de siegas seculares, parecía elevarse la tibieza del mosto fermentando y del grano envejeciendo”, según la rememoración de Francisco Camba, en su novela La revolución de Laíño. En la comarca del Ribeiro, en el primer tercio del siglo XX, como evocaba Otero Pedrayo en A Lagarada, se notaba “por el aire el barullo de las vendimias que llenan el valle”. Se percibía una gran animación y mucho movimiento de gentes y trasiego de carreteros: “En la parte anchurosa e inculta del valle del Ribeiro, una retahíla de carros y de gentes, que van pasando como discurren sobre el espejo del Avia las nubes, los brotes tiernos de los alisos, a las horas rubias y a las horas ceniza, las hojarascas marchitas y caducas de los emparrados por el otoño“. Completan esta estampa unos versos de Eladio Rodríguez: “Arde en bulla el Ribeiro; / hierven en ebullición los campos / en una algazara triunfante y bullanguera; / se llena el valle entero / de alegre animación”.

Reinaba, efectivamente, una esperanzada inquietud y una inconfundible atmósfera de alegría envolvía los campos pintados con el verde dulzor de los viñedos. El farmacéutico Buenaventura Castellet, en su tratado de Enología española resaltaba, de este modo: “(...) la animación y alegría generales que se manifiestan en los distritos vitivinícolas cuando la recolección de las uvas”. Eladio Rodríguez reflejaba, por su parte, la satisfacción que imperaba cuando la recolección había resultado propicia, sirviéndose de estos trazos poéticos: “Una agitación de faena / por doquier se ve brincar, / triunfadora, jaranera y sin sosiego, / como un himno labriego / que la tierra no cesa de cantar”.

Por lo demás, acostumbraban los vendimiadores a tomar las uvas más apetitosas al tiempo que cortaban los racimos. Conscientes de ello, no pocas veces los patronos mandaban cantar a todas las mujeres que iban a trabajar como asalariadas para que no pudiesen aprovechar para comer demasiadas uvas. Menciona también este tema Eliseo Alonso, quien puntualiza que había amos tacaños que obligaban a las vendimiadoras a cantar, sabedores de que boca que canta no come uvas. Trataban así de impedir que las mujeres saciasen su hambre atrasada con la única cosa que tenían a mano. Esta situación de penuria la refleja una canción popular: “Vendimad, vendimiadoras, / en la vendimia de mi padre: / vendimiad y comed uvas / que otra cosa no hay”. La referida táctica de los precavidos y avaros patrones debió de haber estado muy difundida en los agros gallegos.

El tiempo de la vendimia era probablemente, además, la mejor época para el erotismo. Ténganlo en cuenta, que en esto las cosas no han cambiado mucho. ¡Hay que aprovechar!

Xavier Castro
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Xavier Castro

Es autor de las obras: A rosa do viño (Galaxia) y A la sombra ejemplar de los parrales (Ediciones Trea).

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